domingo, 4 de marzo de 2012

20º ELLOS (VER CAPITULO 3º)


El viejo fumaba su pipa mientras miraba el océano tristemente. Recordaba cuando se hizo al mar por primera vez, cuando fue rescatado.
Un barquito se acerco a la orilla y el muchacho tomo el ancla que le arrojaron y lo clavo en la arena afirmándose con los pies sobre ella. Una mujer joven y un hombre bajaron agradeciéndole la ayuda, a todo esto Moreno miraba atentamente a la mujer, tenía un parecido con alguien que conocía, pero no sabría decir quien.
Comenzó a nacerle una intriga en el fondo de su pecho, como un volcán en erupción, algo que debía averiguar y no podía dejarlo así, sin saber que o quien era. La mujer de unos 30 años, rubia y de piel extremadamente blanca poseía los ojos azules mas profundos que había visto, el hombre era fornido y alto, su pelo corto pero ondulado y la camisa blanca de lino suave y delicada que llevaba lo hacia parecer a los piratas de antaño, una barba corta y cuidada demostraba que era muy meticuloso.
Con sus 12 años, Moreno era un joven muy despierto, aunque caviloso, se lo veía pensativo siempre ante cualquier situación nueva. Esto lo hacia muy juicioso y cuando decidía algo, era así o seria así y de esa forma que el pensó o predijo. Por eso le ofrecían siempre trabajos de confianza ya que todo el mundo confiaba y cuidaba al muchacho.
Nunca imaginó que conocerlos sería lo que marcaría para siempre su vida y lo convertiría en el hombre que fue.

viernes, 13 de enero de 2012

19º TORMENTA DE ARENA

Aún sentía el olor a pólvora en el aire, la sangre manchaba sus ropas, la última escaramuza lo había cansado bastante, sus hombres rondaban cerca suyo mientras terminaban de rematar a los enemigos heridos, esta vez no habría clemencia. Su espada colgaba de sus manos, como si quisiera salir volando por más sangre. Pero su amo estaba aturdido, ensimismado estaba con los últimos acontecimientos en su mente. No podía quitarse la imagen de su amigo, su hermano. Los ojos de este no suplicaban, sonreían. Demostrando que aceptaba con orgullo la muerte, lavando así su traición.
Moreno sacude su cabeza para alejar estos pensamientos y comenzar a ocuparse de sus hombres, había descansado bastante y los valientes guerreros esperaban sus órdenes. Decidió cabalgar un día más. Tenía la certeza que algo iba a suceder, algo importante en su vida y para el oasis. Los dejó descansar un par de horas más antes de salir al sol ardiente. Los caballos capturados y las armas sobrantes los envió con dos guerreros hasta la tribu para que sirvieran de apoyo para los que quedaron cuidando a su gente.
De pronto el cielo se ennegreció un sudor frío recorrió su nuca cuando miro el horizonte, en la dirección que sus hombres señalaban. Una tormenta de arena se acercaba rápidamente, gritó una sola orden y todos obedecieron al mismo tiempo. Desmontaron y obligaron a sus caballos a acostarse en la arena, les cubrieron los ojos con una venda y se acostaron tapándose ellos mismos y los animales con una manta especial, que ellos mismos rogaban no tener que usar nunca. Moreno en tantos años jamás había presenciado una tormenta de arena, pero sabía lo que podía causar, muchas veces en sus andanzas por el desierto había encontrado los cadáveres de los que sufrieron el embate de la tormenta. Esas imágenes fueron precisamente lo que hizo que sudara frío al ver la nube acercarse.
Se acurrucó bien cerca de su caballo, en la mano derecha apretó bien fuerte su odre con agua y en la otra un trozo de carne seca y una bolsita con dátiles, no podía saber cuanto duraría la obscuridad y el que se arriesgaba a asomar la cabeza corría el riesgo de cegarse y deambular por el desierto sin que nadie pudiera ayudarle. Era la ley de la supervivencia. Ni siquiera por él sus hombres saldrían de su cobijo. Rogaba que los animales aguantaran la sed.
Tres días después dejó de soplar el viento y el azote de la arena contra su manta dejó de sonar, le costó mucho sacudirse la arena de encima, estaba enterrado en casi un metro de arena.
Sus hombres no soportaron el encierro, aturdidos por el ruido de la tormenta y desorientados quisieron escapar, pero la muerte los encontró primero. Desparramados por las dunas estaban sus cuerpos mutilados por la arena devoradora de carne.

sábado, 3 de septiembre de 2011

18º TRAIDOR

Moreno tenía la cabeza entre sus manos, el dolor que sentía en su pecho solo tenía comparación cuando recordaba a Elizabeth. La sangre de su amigo aún podía olerse en el aire, más que la culpa. El día transcurría lentamente, los hombres preparaban las armas, la comida y los animales, harían una incursión sanguinaria, porque tenían la convicción que arrasarían con la aldea, que urdió tal traición, no dejarían a nadie con vida. Esto le remordía la conciencia, por más que fuera el jefe no podía ir en contra de los guerreros y menos contra su aldea. Sabía que no podría volver a ser el mismo a partir de eso. Al anochecer emprendieron el viaje, tardarían varios días en llegar. Tendría todo ese tiempo para pedir perdón por dejar a sus hombres hacer, lo que él no quería ni pensar.
Se veían las luces de las hogueras alrededor de la aldea, todos desenvainaron sus sables en una mano y en la otra una pequeña daga, la usarían para degollar, era tan filosa que la llevaban en doble funda y siempre la sacaban con cuidado, porque el corte sería hasta el hueso.
Se acercaron sigilosamente, sus caras y manos tiznadas con carbón, sus ropajes negros para confundirse en las sombras. Uno a uno, fueron cayendo los centinelas, al quedar sin defensa que alerten su presencia, se acercaron a las tiendas. La daga rasgaba la tela y entraban para realizar su venganza sobre los que aún dormían, la sangre bañaba el suelo, las botas embarradas de sangre y arena iban dejando huellas por toda la aldea. Llegó el amanecer sin que nadie presentara lucha, guerreros, hombres, mujeres y niños fueron masacrados esa noche. Dejaron una sola tienda sin entrar. Y así como llegaron, se fueron en silencio por donde vinieron.
Al amanecer el jefe de la aldea se despierta, algo raro lo despertó de su sueño de oro y agua, se incorporó y se puso a escuchar. El silencio lo despertó.
Al salir de la tienda no vio a nadie en sus quehaceres cotidianos, ni a los niños jugar, el capitán de sus hombres no lo despertó para darle las novedades de la mañana.
Lo que sintió fue el olor, el olor característico e inconfundible de la sangre, ese olor dulzón, pegajoso.
Se acercó a la tienda más cerca y entró, el horror se pintó en su rostro, la palidez llegó rápidamente al ir comprobando tienda por tienda.
Se sentó al lado de una hoguera apagada pero aún humeante. Se tomó la cabeza entre las manos igual como hizo Moreno tres días atrás. Entre lágrimas sacó un cuchillo de entre sus ropas y de un solo golpe se lo clavó en el estómago, con tal fuerza que la punta se clavo contra la espina dorsal. Mientras moría desangrado lentamente, recordó las palabras de Moreno tiempo lejano atrás, “serás mi amigo eternamente, hasta que uno de los dos decida interponerse en el camino del otro, y entonces ese traidor tendrá la visita de la muerte”.

viernes, 10 de junio de 2011

17º LAGRIMAS AMARGAS

La sombra refrescaba a Moreno, el día en el desierto es largo y caluroso, las actividades más laboriosas se realizan en el atardecer, por las noches la gente se reúne alrededor del fuego para escuchar las historias que los viejos contaban. Historias basadas en realidades y mitos, donde se volvían a vivir las batallas ganadas y perdidas en el pasado. Lo que no sabía ese muchacho, es que se convertiría en leyenda y sus batallas serían narradas una y otra vez durante siglos.Como siempre que tenía tiempo, afilaba su gumía con una piedra que le regaló su gran amigo Khalîl con el que compartía casi todas las incursiones exploratorias. Confiaba ciegamente su vida a él, años atrás se convirtieron en hermanos de sangre, al mezclar su sangre luego de una batalla, creando así un pacto que duraría hasta la muerte de uno de los dos.El capitán volvió con el grupo de exploradores, cansados y sedientos, antes de saciar la sed dio la orden para que den forraje y agua los caballos. Luego se sentó al lado de su jefe a tomar y compartir su agua. Las sombras se alargaban y los hombres encendieron sus fuegos. Moreno podía intuir que el aguerrido capitán tenía preocupaciones, se le notaba en el semblante, sus ojos iban y venían, como buscando respuestas a las preguntas que se hacía internamente. -Bajo el cielo del desierto se viven obscuros sueños, -le dice Moreno, mientras seguía afilando su terrible daga con mucha tranquilidad.El hombre palideció al oír esas palabras, que por suerte su jefe no pudo ver al encontrarse ensimismado en sus pensamientos y el afilado de su cuchillo curvo. El salir de patrulla había sido una excusa para encontrarse a escondidas por la noche con un enviado de una tribu enemiga, pero bastante lejana, o eso creía hasta ese momento. Bien entrada la noche, lejos de sus hombres dormidos y perdidos entre las dunas, se encontraron los dos. -Saludos mi querido capitán –susurra el intrigante haciendo una reverencia digna de un enviado real. -¿A que me traes aquí, sabiendo que corro peligro de muerte por parte de mis hombres si me ven contigo? –le dice con el ceño fruncido y con la mano sobre el mango de su espada. -Noticias que pueden salvar tu vida y quizá convertirte en jefe y dueño del oasis, -susurra nuevamene-, como para que las palabras causen el efecto esperado. De vuelta junto con sus hombres que dormían sin haberse percatado de su salida, pensaba las acciones que debería tomar. Los hechos no los podía cambiar ni el futuro, el hombre que enviaron era por demás elocuente y sabía remarcar las palabras, que luego quedaron dando vueltas en su mente. Muerte y esclavitud fueron las palabras que mas resonaron, también la frase: “triplicamos la cantidad de guerreros que tienen uds. Eso fue lo que lo decidió. Un escalosfrío recorrió su espalda, se tapó con la manta y trató de dormir, los próximos días serían de mucha presión. En realidad la vergüenza le carcomía el corazón y estaba entre la espada y la pared. Era él y su familia o el liderazgo de la tribu. El amanecer le sorprendió despierto, se limpió la cara para que los hombres no vieran las lágrimas amargas que derramó durante la noche.

lunes, 6 de junio de 2011

16º DAGA

Se olía la traición en el aire, Moreno daba vueltas agarrándose la cabeza con las manos por la desesperación, no podía tomar otra decisión que no fuera la muerte. Pero el era su hermano de batalla, su capitán, su amigo.
Por la cara del viejo corrían gruesas lagrimas al recordar ese día, pasaron muchísimos años, pero el calor y el dolor de ese día no se borrarían jamás de su mente ni la sangre de sus manos. Mientras sollozaba por el recuerdo un pez mordió el anzuelo de su caña, se enjugo las lágrimas y se levantó para la pesada tarea de luchar con el pez hasta sacarlo del agua.
Puso cara de piedra para que sus hombres y la gente del oasis no vieran su dolor y salió de la tienda. Afuera lo esperaban tres hombres que lo escoltaron hasta el traidor, lo custodiaban hasta estar seguros que nadie más intentaría asesinar a su jefe.
El hombre sangraba por muchos lados, la sangre que escurría por sus pies indicaban que le cortaron el tendón de Aquiles, así no podría escapar. Arrodillado gemía de dolor, a pesar de su fiereza, los hombres del León sabían como infringir dolor, hasta el más aguerrido y valiente hombre gritaría. Un pequeño fuego ardía cerca de ellos y varios hierros se calentaban entre sus brasas. El espectáculo no sería digno, pero necesario. Tenían que saber quien podría haber tentado a la traición al hombre que más confianza tenía Moreno en el desierto. La única forma que hable sería bajo tortura, de esto no se enorgullecían su gente pero si de sus técnicas aprendidas y mejoradas con el paso del tiempo.
Perdóname Khalîl por lo que deberé hacer le dice su jefe y con un gesto indica el fuego, los hierros al rojo vivo descansaban esperando la oportunidad de quemar carne. El torturador tomo uno de los hierros y comenzó pacientemente a clavarlo en la espalda mientras los alaridos inundaban el aire, cuando se desmayaba esperaba que se despertara mientras calentaba los hierros en la fogata.
Moreno sufría la tortura, casi podía sentir los hierros en su propia piel, rogaba que confesara pronto quien le pagó para asesinarlo, así pondría fin a su dolor. Pero el hombre no hablaba, quería demostrar que se merecía la tortura por la cobardía de la traición, el mismo se castigaba.
Pasaron las horas, en la noche el verdugo cansado le hace una seña negativa con la cabeza, Moreno sabe que su capitán no confesará quien fue el instigador. Se acerca al condenado a muerte, le mira con cariño a los ojos y se despide acariciando su cabeza fraternalmente, en ese momento la daga penetró profundamente hasta llegar a su corazón, sostuvieron la mirada hasta que el último suspiro abandonó su cuerpo. Sus manos quedaron manchadas con la sangre de su amigo.
Khalîl fue descuartizado y colgado de las palmeras en los alrededores del oasis, para que todos puedan ver como se paga la traición.
El viejo limpiaba el enorme pescado, sus manos estaban llenas de sangre y tripas del pez. Cansado se incorpora para descansar la espalda y se da cuenta con la que lo estaba desollándolo, la tristeza le invadió y con todas sus fuerzas arrojó la vieja daga al mar y se fue hacia su choza dejando el pescado para comida de las gaviotas.
Las lágrimas caían en la arena dejando un sendero de dolor a su paso.

lunes, 30 de mayo de 2011

15º ARENAS

Moreno miraba el horizonte, a lo lejos se veía una nube de arena. Pasó un tiempo hasta que pudo ver el grupo de guerreros, el sol refulgía en sus armas. El brillo de las espadas desenvainadas era hermoso, por un momento quedó obnubilado por esa visión.
El viejo limpiaba unos pulpos que había pescado entre las rocas mientras recordaba aquella batalla. Hacía varios días que no podía salir a pescar por la tormenta, pero apenas amainó salió a la playa en busca de comida, en el trayecto por la arena encontraba los restos que dejó el mar embravecido. Cajas y pedazos de redes de los barcos, pensó que a la vuelta tendría tiempo de buscar algo que le sirviera para su choza.
Caracoles, ostras y maderas desparramados por todos lados, pero algo unos metros delante de el le llamó la atención, era una caracola enorme e intacta, la tomó entre sus manos viejas y cansadas. Era perfecta, un color nacarado y rosáceo por dentro que lo maravillo. Se llevó la caracola al oído y pudo disfrutar el sonido del mar. Años atrás un pescador le contó el porque de este fenómeno. Le dijo que antiguamente el hombre vivía en el mar, luego evolucionó y salió del mar para poder usar las piernas. Pero que tiempo después el hombre extrañaba tanto el mar que se sentaba en la arena a mirar las olas durante horas. El mar se apiadó de él y le regaló las caracolas, para que estando lejos de lo que más amaba pudiera oír le ruido del océano en la caracola. Y por eso hoy, se podía encontrar al hombre feliz escuchando ese ruido tranquilizador en cualquier lugar que estuviera. Guardó el tesoro encontrado en su bolso de pesca y siguió recorriendo la playa hasta llegar a las rocas en donde seguramente encontraría el manjar tan deseado.
Los hombres esperaban en silencio que su jefe les diera la orden de atacar, éste miraba impasible el grupo que cada vez se acercaba más a ellos. Tenían el sol de frente y esto les hacía imposible calcular la cantidad exacta de los enemigos que iba a su encuentro. Moreno buscaba una estrategia en su mente, pero nada se le ocurría, sus hombres impacientes ya, tenían sus manos en los sables listos para pelear por sus familias y el oasis.
Recordó que días atrás cerca de donde estaban habían encontrado arenas movedizas, entonces con una idea en su mente les gritó unas indicaciones a los hombres y emprendieron la huída.
El grupo atacante gritó de júbilo al ver huir cobardemente a “el león” y sus hombres, tal fue la indignación de verlos escapar que los persiguieron ciegamente.
Esto es lo que esperaba Moreno, enfilaron ahcia las traicionera arenas tratando de levantar una gran nube de polvo detrás de ellos. Al llegar al sitio pasaron divididos por los costados, luego siguieron unos metros y desmontaron de sus caballos esperando la embestida del enemigo.
Los primero jinetes con sus alfanjes en las mano y las riendas en la otra, cayeron de sus caballos al enterrarse de súbito en la arena por el ímpetu de la carrera. Las caras de sorpresas lo dijeron todo, no pudieron ni gritar avisando al resto, ni para pedir auxilio, más de diez cayeron en la trampa de arena, el resto se dio cuenta de lo que sucedía y eludieron el terreno movedizo. Un tercio del grupo quedó enterrado allí. Sonriendo Moreno desenvainó su espada y comenzó a luchar.
El viejo con su bolsa cargada de pulpos emprendió el regreso para preparar la comida, cada tanto se llevaba la caracola al oído y sonreía de placer.

viernes, 20 de mayo de 2011

14º SEDIENTOS

Moreno afilaba su espada como todos los días, era una ceremonia en la cual solo le quitaba las melladuras, no limpiaba la sangre de la hoja, luego de un tiempo el acero tomaba un color casi rojizo, esto identificaba a los guerreros de los que aún no habían derramado sangre del enemigo. Mientras estaba haciendo esta tarea un grupo de hombres se acercan a él. Tenían una petición, deseaban hacer una incursión a territorio enemigo, estaban sedientos de sangre. Los ojos casi desorbitados por la excitación de su capitán se encontraron con la mirada serena y entretenida de Moreno que seguía afilando su gran espada sin inmutarse ante ese extraño pedido.
La paciencia de los hombres se estaba acabando, las manos en los pomos de sus alfanjes y los dedos en los gatillos de los fusiles se movían nerviosamente. Un gruñido bajo y descarado enfocado a la pasividad de su jefe hubiera sido motivo suficiente para que Moreno mandara cortar varias manos por la insolencia. Pero no hacía nada, ni siquiera los miraba, seguía en su afilado con mucha parsimonia, podría decirse que lo hacía a propósito. Como si los estuviera probando ante la sed de muerte, sangre y arena de sus valientes. Largos minutos pasaron, interminables y eso que en el desierto no existe el tiempo, se cuenta por noches y lunas en realidad. Pero para ellos esa espera nerviosa significó la eternidad. Nadie se atrevió a decir palabra, solo se quedaron ante él, pero ahora con miedo, esa paciencia significaba que el desenlace era inminente. Comenzaron a sudar, más de lo normal en realidad, se miraban buscándose entre ellos quien sería el que pagaría la grosería de presentarse así ante el León. Las manos dejaron de lado las empuñaduras, y los fusiles descansaron apoyados en la arena. Las caras se fueron relajando y dejaron de buscar el castigo en su mente. De a poco comenzaron a sonreír, casi como una mueca, pero fue creciendo hasta convertirse en una risa, pero no una risa histérica, era de alivio. Moreno dejó su espada, enderezó el cuerpo dolorido por la posición en cuclillas y los miró detenidamente uno por uno.
Las risas se fueron apagando dejando una calma en sus corazones y mentes, se les acercó con el alfanje en la mano y le fue tocando el hombro a cada uno en señal de amistad. Ahora, con alegría en el pecho podemos partir en busca de sangre, fue lo único que les dijo.
Y así partieron todos a caballo, en silencio con los corazones rebosantes de dicha. De ese día en más entraron en infinidad de batallas y no necesitaron nunca más de la furia o el coraje para luchar.