viernes, 7 de enero de 2011

6º Al-Mumeet

Era temprano, los pescadores aún no salían de puerto, las redes enrolladas esperaban su momento para atrapar la comida necesaria para sobrevivir otro día más.
Recorría la playa una y otra vez intentando recordar, las imágenes iban y venían por su mente atormentada, por las noches se despertaba creyendo que se encontraba durmiendo bajo las estrellas del desierto y casi podía sentir el aire caliente atravesado en su garganta. Se miraba las manos creyendo que las encontraría manchadas de sangre, la sangre que tantas veces derramo en pos del bienestar de su gente, su pueblo.
El hombre lo miraba, midiendo la distancia para atacar, daba vueltas alrededor suyo buscando el momento justo para enfrentar su espada con la de él. Moreno lentamente giraba para no darle la espalda, sospechaba que sería una pelea larga, su oponente ostentaba muchas cicatrices en la cara, esto le hizo recordar una historia contada por las noches en las tiendas sobre un guerrero con la cara tatuada de cicatrices por las innumerables luchas que ha tenido y sobrevivido, infinidad de hombres murieron en sus manos. Le decían Al-Mumeet, “El Tomador de Vida”.
Esperó hasta que el sol diera en los ojos del guerrero y atacó, se dio cuenta en el mismo instante de levantar su alfanje para comenzar la lucha que sería anticipado en cada uno de sus golpes como si supiera cada movimiento suyo. Paró el movimiento y lo miró a los ojos, leyendo en ellos la duda, escudriñándolo para ver que haría. Su enemigo solo esperaba, era paciente. Entonces su estrategia sería no tener ninguna, cada ataque sería al azar y sin pensar los golpes siguientes para que no lea en sus ojos cual sería el movimiento. Al sentirse descubierto en su táctica, Al-Mumeet se dio cuenta que ese día moriría en manos de “El León”.
Jadeantes se detuvieron un momento para mirarse mientras se enjugaban el sudor y la sangre, llevaban mas de una hora combatiendo y el sol arrasaba sus cabezas, sedientos los dos. Moreno le hace una señal con la cabeza mostrándole el zurrón con agua que tenía en su caballo, dándole la espalda para demostrarle que no temía una traición por detrás, se encamina hasta el agua tibia pero exquisita. Luego de tomar unos sorbos largos le ofrece al guerrero con la mano extendida el odre para que el beba también. Dudó solo un segundo, dejo su espada clavada en la arena en clara señal de tregua y tomo de la mano de Moreno el recipiente para beber hasta saciarse.
Con una sonrisa en sus caras contemplaron las dunas, sabiendo que uno de ellos quedaría ahí para carne de los buitres. Terminada la tregua cada uno tomó distancia, acomodaron sus ropas y levantaron los sables.
Horas después Moreno llegaba a la aldea, mientras se lavaba la sangre de la cara y las manos, pensaba en el guerrero, Al-Mumeet El Tomador de Vida, así le decían.

sábado, 1 de enero de 2011

5º CIEGO


La pipa se iba apagando de a poco, estaba absorto en sus pensamientos, en sus recuerdos, la playa era su lugar, al cual iba para recordar. Su memoria iba y venía, la edad lo tenía a maltraer, pero bastaba mirar la arena para que multitudes de imágenes se agolparan en su mente, atiborrándolo de experiencias pasadas, casi descontroladas, sin fechas ni años, solo el sentir en la piel una vez más el calor y el sudor del combate.
El espía estaba arrodillado ante él, sus ojos desorbitados por la presencia de Asad enfrente suyo. La transpiración por el miedo golpeaba la arena seca dejando pequeños agujeros que el viento volvía a tapar con otra fina capa de arenisca, como si nunca hubiera existido el miedo de ese hombre.
Pensativo se paseaba alrededor del prisionero sin saber que decisión tomar, si lo dejaba vivo, sus hombres lo tomarían como señal de debilidad, aún lo miraban con desconfianza, midiéndolo.
Indica a uno de sus hombres que lo ate al árbol más cercano, tomando su cuchillo se acerca al tembloroso prisionero y hábilmente como si lo hubiera hecho cientos de veces le pincha los ojos para que quede ciego. El grito de dolor se escuchó por toda la aldea, la gente dejó sus quehaceres unos momentos para mirar en dirección en donde estaba su jefe, hombres, mujeres y niños sonreían plácidamente, todos pensaban que éste realmente era su jefe y siguieron con sus labores como si nada hubiera ocurrido.
-Este es el castigo que le damos a los que con intriga entran en nuestra aldea –le dice al hombre, que se retorcía de dolor.
Lo desata y acercándole un caballo le ayuda a montar dirigiéndolo de vuelta a la aldea vecina. Antes de partir le da las indicaciones para su jefe: --esta es nuestra tierra, nuestro oasis, cualquiera que se atreva o intente acercarse nuevamente pagara un precio mucho mayor junto con  la ceguera, le cortaré las manos, la lengua y lo dejaré sordo, para que ande por el desierto ciego, sordo y mudo, y ya nunca podrá pedir ayuda, ya que no tendrá manos con las cuales solicitarla. Dicho esto le da un golpe a la grupa del caballo que parte raudamente.
Al volver donde sus hombres, pudo ver que las miradas de aquellos eran de aceptación y confianza, ahora podría estar seguro que era el jefe absoluto e indiscutido del lugar.
La pipa descansaba sobre una roca, miraba el mar, ese mar que tanto amaba, solo pensaba si alguna vez volvería a recorrer sus olas para emprender otra aventura.