domingo, 6 de febrero de 2011

7º TORMENTA


La tormenta de arena en la playa se manifestó de golpe, sin aviso comenzó a golpear sus piernas viejas y débiles, atormentándolo, ofuscándolo hasta ponerlo casi histérico. Esto se debía a una historia que vivió hace años atrás y que nunca había querido volver a vivirla, ni siquiera en sueños. Lentamente comenzó a caminar hacia la calle, la arena enceguecía a todos, solo él permanecía inmutable, comenzaba a revivir en su mente una vez más, lo que aquella vez le hizo perder la cabeza.
El cielo se ensombreció, los hombres miraron hacia arriba y al unísono gruñeron, las miradas fueron tajantes, en un segundo todos tenían en la mente la misma imagen. Hombres encontrados luego de una tormenta de arena, sus cuerpos molidos y retorcidos eran difíciles de olvidar. Pero esta vez el terror fue acaparando sus sentidos, no estaban solos, la caravana en la que viajaban estaba casi toda la aldea, incluida sus familias. Moreno solo dijo unas palabras y estas eran: cada uno con sus familias, casi lo dijo como despedida, todos sabían que esa tormenta de arena, era la más temida del desierto, pero creyeron que en esa época no se la encontrarían, en el desierto no se puede confiar, tiene mente propia y ese fue su error.
El turbante cubría la cabeza y toda la cara, solo dejaba los ojos a la vista, se colocó un antifaz que terminó por tapar por completo su rostro pero dejaba algo de visión necesaria para andar. A lo lejos se veía  como las personas se agrupaban y se cubrían con unos cueros impermeables que se asemejaban a un toldo, el problema de esto es que una vez armada la cobertura se acumulaba tanta arena sobre él, que solo se podía respirar con el aire que queda encerrado ahí, si la tormenta duraba días, no durarían tanto como para sobrevivir. Pero el León del desierto tenía otra cosa en mente, en sus largas salidas recordaba una gruta que encontró cerca de donde los sorprendió la tormenta de arena. Le puso una manta a su caballo para que no sufra el embate infernal de la arena furiosa y partió en busca de la cueva.
Horas después, cansado y sediento volvió para llevarse a los que quedaran vivos, un grupo bastante grande quedaba y eso le dio fuerzas para llevarlos a la salvación. Tres horas después pudieron sentarse a descansar dentro de la caverna, era pequeña pero tenía una roca redonda la que haciéndola rodar podían tapar la entrada para protegerse del viento y el frío nocturno.
Eran treinta personas en un lugar con espacio para diez, apiñados pero felices de no morir con las gargantas secas por la arena. Moreno comenzó a racionalizar los víveres y el agua, el bien más preciado con el que se cuenta en el desierto. Carne seca y dátiles eran todo lo que tenían, solo alcanzaría para tres días, pero el agua solo duraría un día, el resto del líquido precioso se había perdido en la tormenta y nadie se atrevería a salir en busca de los odres desparramados entre las dunas. Los niños fueron los primeros en morir, a pesar de la doble ración de agua que se les daba, sucumbieron ante el cruel desierto que no da ni perdona.
El silencio se fue apoderando del lugar, solo se escuchaba el silbar de las gargantas secas, las mujeres no se atrevían ni a llorar por sus hijos muertos en sus brazos, para no desperdiciar líquidos con las lágrimas. Una idea comenzó a germinar en la mente de Moreno, la mirada de uno de sus guerreros le indicó que no era el único que pensaba en esa solución. La idea de comer sus muertos le hizo estremecer hasta los huesos, no era un temor religioso como cualquiera pensaría, era algo más primordial, más visceral, el que comiera carne humana no sería nunca más la misma persona.
Como si le adivinara el pensamiento, un guerrero sacó su puñal y ante el estupor de su jefe, procedió a degollar sin una palabra mediante al hombre que agonizaba al lado suyo. Ya habían pasado diez días encerrado en esa cueva inmunda sin que la tormenta menguara en su fuerza. La sangre les llenó los labios resecos y partidos por la sed, la carne cruda calmó el hambre atroz, pero no así la mente atormentada. Una mujer se  abre el estomago de un tajo, para que su hijo pequeño tenga que beber y comer, el León del desierto se había convertido en un chacal carroñero, el cual miraba con los ojos vidriosos y delirantes por la sed la locura de esos días. No supo cuanto tiempo pasó, solo quedaban quince de los treinta, el tiempo solo era medido por los gruñidos de su estómago y por la mirada tensa que se daban entre todos, adivinando quien sería el próximo cordero a ser sacrificado por el bien de los demás.
Pasaron las noches, los días, las horas, los segundos interminables, comparados solo con un reloj de arena infinito, que no tiene principio ni fin.
Tomó su cuchillo para aliviar esa tortura, la sed y el hambre, pero también para aplacar la culpa de las atrocidades cometidas. Ninguna mano se movió para  detenerlo, varios hombres sacaron jarras manchadas con sangre seca y esperaron para libar ese precioso líquido caliente y salado. De pronto una luz los enceguece, los aturde, la piedra de la entrada se mueve, acurrucados temblando los encuentran los guerreros que pudieron llegar hasta la aldea y esperar que  la tormenta pase, para comenzar la búsqueda, Moreno y su gente estaban tan absorbidos por el horror de la cueva, que no se dieron cuenta que la tormenta había terminado varias semanas atrás.
Una daga cayó al piso y un hombre se tapó la cara con las manos para que no lo vean llorar.
En silencio se fueron sin mirar atrás.

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